Fast Food y psicología

Vivimos en la era de lo rápido.

De la instantaneidad.

De no soportar el delay de una pantalla cuando hacemos click.

De necesitar soluciones aquí, y ahora.

Vivimos en la era de la globalización y la de estar conectados. La era de enterarte de lo que pasa al otro lado del mundo nada más levantarte de la cama y la de tener la compra, el seguro del coche, tu expediente o el CV a golpe de click.

Cuando nos duele algo, tomamos un paracetamol. Si queremos adelgazar, buscamos en Google las dietas más rápidas de la galaxia para perder peso. Si le escribo a la persona con la que me gustaría quedar, necesito saber si nos veremos y leer una respuesta inmediatamente. Bueno, o mirar el tick azul por si acaso nos ha ignorado.

Vivimos tan rápido, con tanta prisa y es tal la necesidad de tenerlo todo aquí, ahora y fácil que no dudamos en comprar de la manera más voraz en las grandes cadenas, en lugar de ir a la tienda de la señora del pueblo.

¿Quién querría pasarse dos horas en todo el proceso de comprar y cocinar una hamburguesa cuando la puede tenerla por 1 simple euro, en bolsita de papel y con servilleta incluida en alguna cadena de comida rápida?

Qué le pasa a la psicología

La pandemia y los cambios que ha vivido nuestra sociedad en los últimos años van dejando secuelas. La adopción de las nuevas tecnologías en nuestra rutina, junto con todos los problemas derivados del Covid-19 (entre otros factores) han abierto la caja de pandora: nuestra salud mental peligra y mucho últimamente.

Y obviamente, tenemos que hacer algo.

La Salud Mental empieza a ser tema de conversación (y menos mal). Nos preocupa normalizar los problemas de salud mental, twitter e Instagram se han llenado de hastags que nos recuerdan que no hay salud sin salud mental. Incluso se comenta desde el gobierno que puede que se lleve a cabo un plan específico para ayudar a la población a cuidar de su bienestar psicológico.

En definitiva, el contexto actual es el caldo de cultivo ideal para que se ponga sobre la mesa la necesidad de la que se viene hablando los últimos meses: tener soluciones de salud mental accesibles para la población.

Y estas soluciones, obviamente, irán de la mano de todos los cambios y avances que caracterizan la última década.

Orden de prioridades

«Comprar en la tienda de al lado es caro, yo siempre voy al supermercado»

«Toda mi ropa es de grandes cadenas, no tengo nada artesano o de pequeño comercio»

«Cambiar mi forma de entender la alimentación y la manera en la que me relaciono con la comida es un proceso demasiado largo. Voy a probar la dieta que me dijo una amiga que bajó 5 kg en una semana».

«No tengo tiempo para ir al gimnasio, estoy demasiado ocupada con mi trabajo (aunque dedique de media dos horas todos los días de manera pasiva a mis redes sociales)

«El psicólogo es caro (pero el smartphone de última generación, no)»

A nadie la extraña pagar de media 100 euros cuando acude a una consulta de especialista. Realmente, ya sabemos a qué nos exponemos cuando acudimos a un profesional que no cubre la salud pública. Sin duda la salud mental tiene que ser un derecho y en un escenario más justo que el que vivimos, todos tendríamos acceso a un psicólogo sin esperar entre 6 y 8 meses por una cita de 20 minutos en la sanidad pública.

Pero la realidad ahora mismo es otra. En el ámbito de la psicología clínica, si nos centramos en el precio medio de una sesión de terapia suele rondar los 50-60 euros por sesión.

En esa sesión, pagamos por la formación, la experiencia, los conocimientos, los medios y herramientas, el tiempo y las características de un profesional de este campo en cuestión.

¿Qué pasa cuando el precio a pagar, detrás de la máscara de hacerlo accesible, es mucho menor?

¿Y cuando quién recibe ese dinero no es directamente la persona (la cual percibe solamente un porcentaje), sino un intermediario?

Lo barato, a veces sale caro

En el campo de la psicología, solo se pueden abaratar costes de dos maneras para bajar el precio del producto.

La primera es recortar en recursos de tiempo, calidad o medios (por ejemplo ofreciendo sesiones más cortas, sin necesidad de presencialidad y por lo tanto sin gastos de alquiler de un despacho, con personas de baja formación y/o experiencia, o sin ofrecer una valoración previa a través de herramientas de evaluación oficiales.

La segunda, si no trabajas de forma independiente, pagando poco a los profesionales que trabajan para ti.

En ambos casos el resultado es el mismo: la calidad de la atención baja peligrosamente.

Sea porque el profesional no está bien pagado, o porque hemos recortado en medios y bajado nuestro standard de contratación, el más perjudicado siempre será el paciente.

Y esto es muy peligroso. Porque la salud mental no es algo con lo que se deba jugar ni banalizar. Porque una mala experiencia con un psicólogo puede condicionar de por vida no solo el curso de un problema, sino también las probabilidades que tiene un individuo de volver a acudir a un psicólogo.

Por eso no se debe hacer de la psicología un producto de fast food. Porque una hamburguesa de 1 euro nunca va a tener la calidad de una hamburguesa de carnicería.

Porque un servicio que se cobra de media a un precio, no va a poder venderse por la mitad sin recortar en algo. 

¿Acaso tu comprarías un coche que te dicen que es nuevo y de calidad, pero cuesta 200 euros? No, porque sabes que no es posible ofrecer ese precio si el coche es nuevo, seguro y funciona. Y de no ser así, podría poner en peligro tu vida

Porque aunque vivamos en un mundo globalizado y hayamos adoptado una manera de vivir más cómoda, esta comodidad nunca puede ir por delante de nuestra salud o ponerla en riesgo.

Por una salud mental accesible, pero de calidad.

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