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Cinco ideas sobre el mando intermedio, según José María Cabanillas (Eroski)

Hablamos con José María Cabanillas, responsable de personas de Eroski, dentro de las conversaciones que estamos manteniendo con perfiles senior de RRHH para el informe Estado del Liderazgo en España 2026.

Eroski es un caso poco habitual: una cooperativa con un colectivo de mando y dirección que ronda las mil personas, muy jerarquizada y muy dispersa geográficamente — hipermercados, supermercados, plataformas logísticas, sede. Y una compañía en la que el liderazgo no es un programa de RRHH, sino uno de los veinticinco objetivos que el Consejo de Dirección revisa semanalmente.

De la conversación hemos elegido cinco ideas. Todas remueven la conciencia.

1. El buen técnico no tiene por qué ser buen mando

Y la inercia empuja a lo contrario.

El error que Cabanillas señala como el mayor de todos es también el más extendido: ascender a alguien porque hace bien su trabajo técnico. Ha visto, dice, excelentes técnicos convertidos en malos mandos. Y también lo contrario: profesionales con un desempeño técnico mejorable que resultaron ser muy buenos mandos.

En estructuras jerarquizadas la inercia trabaja a favor del error: si eres buen técnico, lo siguiente en la escalera es ser mando. No tiene por qué serlo, y confundir ambas cosas convierte una buena noticia para la persona en un problema para su equipo.

La competencia que marca la diferencia, en su opinión, es la gestión de equipos. Cabanillas llama a recordar que en la gestión de personas no se gestiona solo personas, sino «emociones de las personas y necesidades de las personas». Cree que es importante recordarlo ya que no «existe manual con todas las respuestas». Se entrena y se mejora. Pero si no está de base, cuesta mucho.

2. Una competencia no se puede evaluar. Un comportamiento sí

Para José María Cabanillas no hay definición magistral del buen liderazgo ni una lista de checks que cumplir para ser un/a líder excelente. Cree, en su lugar, que lo que hay son competencias identificadas traducidas a conductas observables.

La razón es práctica y vale para cualquier sector. «Orientación al cliente» es una competencia que en retail nadie discute. Pero, ya que el cliente de un mando de supermercado no es el mismo que el de un mando de logística, y, señala, lo que tú entiendes por orientación al cliente probablemente no coincide con lo que entiendo yo. La competencia, en abstracto, no se evalúa: se interpreta. El comportamiento sí se observa.

Es una idea con consecuencias incómodas para la mayoría de diccionarios de competencias que circulan por las intranets españolas. Si un ítem no puede traducirse a algo que alguien pueda ver a un mando hacer o dejar de hacer, no está midiendo nada.

3. No hay un freno generacional. Hay momentos vitales

Le preguntamos por una de las creencias más repetidas del debate actual: que las nuevas generaciones no quieren liderar. La respuesta, tajante, es que es algo que en Eroski no notan.

Lo que sí ven es que la disposición a asumir un rol de mando depende del momento vital de cada persona, de su situación, de sus necesidades, de las ganas que tenga y de lo cómoda que se sienta en su entorno de trabajo. Variables individuales, no de cohorte.

Merece la pena subrayarlo porque el argumento generacional es cómodo: convierte un problema de diseño organizativo —qué ofrecemos a quien da el salto y cómo lo sostenemos— en un rasgo de carácter ajeno sobre el que la empresa no puede actuar.

4. Contrastar lo que el mando cree de sí mismo con lo que ve su equipo

En nuestra propia opinión este es el punto más interesante de la charla. Es la única parte que ataca directamente lo que investiga este informe: la distancia entre la percepción del manager y la de RRHH.

En el programa de liderazgo de Eroski el mando se autoevalúa y pasa esa misma evaluación a seis o siete personas de su equipo. Se cruzan ambas fuentes y se localiza dónde no coinciden. A partir de ahí, una consigna deliberadamente modesta: de todos los temas, elige dos. Los que peor salgan en tu autoevaluación, en la de tu equipo, o en ambas. Seis u ocho meses trabajando solo esos dos. Al final se repite la medición y se compara con el punto de partida.

Lo relevante no es el instrumento, sino las dos decisiones que lo rodean: «Que el gap entre autopercepción y percepción del equipo sea el criterio para decidir en qué trabajar, y que se acepte de antemano que nadie va a trabajar en seis cosas a la vez».

5. El problema en España no es de intención: es de acompañamiento

Le pedimos que señalara lo que las empresas españolas hacen mal de forma sistemática. La respuesta fue inmediata: «Acompañamos muy poco a los mandos intermedios».

Da igual el tamaño, da igual si están localizados o dispersos. Al mando intermedio le llegan golpes por arriba y por abajo, se le añaden tareas continuamente y se da por hecho que sabrá con todo lo demás. Necesita herramientas y acompañamiento, y hoy, dice Cabanillas, «no se los damos».

De ahí sale también su respuesta a la pregunta que da título a nuestro informe. ¿Es el liderazgo en España una cuestión estratégica o una asignatura pendiente? Una situación intermedia: cada vez más estratégico, cada vez más atención a la calidad de los mandos, pero todavía sin volumen.

Y un remate que resume por qué esto importa fuera de RRHH: la gente no se queda ni se va por la empresa. Se queda o se va por el jefe que le tocó.


Conversación mantenida el 13 de agosto de 2026. Segunda de las entrevistas con perfiles senior de RRHH en el camino hacia el informe Estado del Liderazgo en España 2026, que publicaremos el 16 de septiembre.


«Promocionar no es desarrollar». Cuatro ideas de David Garrote sobre el liderazgo

Hablamos con David Garrote sobre el estado del liderazgo intermedio en las empresas españolas. De una conversación larga y llena de aristas pudimos extraer varias conclusiones sobre los fenómenos que mueven la aguja del liderazgo. Eso sí, con una advertencia que queremos compartir: huye de las respuestas simples porque, cuando hablamos de comportamiento humano, «casi siempre explican menos de lo que prometen».

  • DISCLAIMER 1: ¿De dónde nace esta entrevista? Hace unas semanas anunciamos que estamos preparando un estudio sobre el estado del liderazgo en las empresas españolas. Una investigación que compare la perspectiva de managers y equipos de RRHH en temáticas como presupuestos para formación, mapas y gestión de competencias, evolución y carrera del manager… Esta entrevista forma parte de la metodología cualitativa del estudio, que tendrás disponible dentro de unas semanas. Al final del artículo puedes suscribirte para recibirlo.
  • DISCLAIMER 2: ¿Quién es David Garrote? Aunque estamos seguros de que si has llegado hasta este blog lo conocerás, vamos a dedicar unas líneas a presentar a nuestro entrevistado. David Garrote es Head of Talent Acquisition, Employer Branding y DE&I en Carglass España. Además de haber desarrollado su carrera en grandes empresas internacionales, David destaca por ser una de las voces más reconocibles de los RRHH en la comunidad hispanohablante. Colaborador habitual de varios medios y comunidades, desde Mentiness queremos agradecerle su disponibilidad y generosidad participando en este proyecto.

Cuatro ideas de David Garrote sobre el liderazgo

De todas las claves que se dieron en la entrevista (sin ánimo de desvelar el contenido del informe) hemos rescatado cuatro principales que compartimos a continuación:

1. Las empresas no tienen necesariamente los líderes que dicen querer.

Tienen los líderes que sus sistemas seleccionan, promocionan, desarrollan, toleran y recompensan.

Es la tesis que atraviesa todo lo demás, y desplaza el foco de un sitio cómodo a uno que lo es bastante menos. Cuando algo falla en un equipo, la conversación tiende a ir hacia la persona: le falta madurez, no sabe delegar, no tiene el perfil. Garrote propone mirar un poco más arriba.

Los problemas de liderazgo, dice, no pueden explicarse únicamente desde la personalidad de quien lidera. Importa el sistema en el que actúa, los incentivos que recibe, la presión a la que está sometido y —esto es lo interesante— los comportamientos que observa que funcionan a su alrededor. Un manager aprende tanto de lo que la empresa premia como de lo que la empresa deja pasar.

Para Garrote, el verdadero modelo de liderazgo de una compañía no está en su diccionario de competencias, sino «en las personas que progresan, las conductas que se premian, las que se toleran y las conversaciones que la organización decide no tener».

2. Convertir a un buen especialista en manager y esperar que aprenda solo es una forma bastante sofisticada de abandonarlo.

El patrón es conocido: alguien es muy bueno en lo suyo, la empresa lo asciende, y a partir de ahí empieza un aprendizaje que nadie acompaña. Hay un matiz que las organizaciones suelen pasar por alto: saber gestionar y saber liderar no son la misma cosa. Una persona puede controlar ratios, procesos y resultados sin saber desarrollar talento, construir confianza o crear un entorno en el que la gente pueda decir la verdad. Ambas habilidades se entrenan, y ninguna se hereda del expertise técnico.

Cuando falta ese acompañamiento, aparece lo que él describe como un efecto de péndulo: el nuevo líder, sin referencias, oscila entre ser demasiado blando y demasiado autoritario, buscando por ensayo y error un equilibrio que nadie le ha enseñado a encontrar.

A esto se suma un riesgo casi contrario y menos evidente: prometer demasiado pronto. Las capacidades de liderazgo necesitan tiempo, práctica y exposición progresiva. Generar expectativas de crecimiento antes de que la persona esté preparada, según Garrote, «puede producir frustración, fuga de talento o el fracaso de personas que quizá habrían funcionado con otro acompañamiento». El resultado paradójico es acabar despidiendo a alguien con potencial por haberlo gestionado mal.

3. Las organizaciones piden visión a largo plazo y después juzgan con la ansiedad del trimestre.

Esta es probablemente la frase que más managers reconocerán sin necesidad de explicación. Se les pide construir equipo, desarrollar personas, sostener una cultura —todo ello procesos que tardan años en dar resultado— y se les evalúa con el marcador del trimestre en curso.

Garrote lo compara con un proyecto deportivo: «no se puede exigir una cantera sólida mientras se cambia de proyecto cada vez que llegan dos malos resultados». Desarrollar líderes requiere una estrategia sostenida en el tiempo, y esa estrategia es incompatible con la obsesión por el corto plazo.

La contradicción no es menor, porque afecta directamente a qué tipo de manager sobrevive en una organización. Si el sistema solo recompensa lo que se ve este trimestre, acaba seleccionando a quien optimiza para eso. Que es, otra vez, la idea número uno.

4. El coste del mal liderazgo no está oculto; está fragmentado.

La pregunta habitual —¿cuánto nos cuesta un mal manager?— suele quedarse sin respuesta porque el coste no aparece concentrado en ninguna partida. Aparece repartido: rotación, absentismo, productividad, errores, conflictos, talento que se marcha y tiempo de otros líderes reparando daños que no causaron.

El remate de Garrote es difícil de rebatir: «Calculamos cuánto cuesta cubrir una vacante, pero rara vez cuántas vacantes ha provocado un mal manager».

Y conecta con algo que él insiste en repetir: los datos organizativos son pistas, no la realidad completa. Un buen KPI puede convivir con un equipo deteriorado, y una evaluación positiva puede esconder un clima pésimo. No es un argumento contra medir. Es un argumento contra confundir el indicador con aquello que el indicador intenta capturar.